Los milagros de la virgen de Rosario (2) - UPIU.com
	
	
	
	
	
	
	
	
	
	
	
	
	
	
	
	
    



	
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Comunicación Social, Universidad del Cauca
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6 oct. 2009 at 12:58pm

Los milagros de la virgen de Rosario (2)

Sentada en la esquina que forma el vallado de metal dispuesto a lo largo del amplio campo para ubicar a los visitantes, María Cristina García tiene más aspecto de una matrona medieval, que de una peregrina de nuestros tiempos.

Se protege del sol bajo un sombrero de ala ancha, y pese a eso tiene que llevarse una mano a la frente para poder mirar a la distancia, a un punto concéntrico, a donde todos quieren llegar para posar sus manos o frotar algún objeto con el cubo de vidrio que contiene a la virgen de Rosario.

Con la otra mano marca el ritmo a un abanico, con el que intenta hacer viento para su enorme rostro. Es una mujer grande, inmensa.

“Yo vengo de Verasategui –afirma con una vocesita que no tiene ninguna proporción con el tamaño del cuerpo-, y cuando doy a conocer el milagro que recibí, nadie me cree”.

Si alguien puede contar la historia de las transformaciones que ha vivido San Nicolás en los últimos años, es María Cristina. Hace veinte años que asiste a la peregrinación, y según dice “seguiré viniendo hasta que la misma virgen me diga que ya no puedo volver más”.

Recuerda que a comienzos de los años ochentas, la noticia sobre las apariciones de la virgen en esta localidad recorrió al país. Ella fue de las primeras en viajar, cuando aún no se hablaba de peregrinación, pero sí recuerda que se juntaba un buen número de amigos y acudían en grupos. Personalmente se encargó de convocar a los vecinos de su barrio en Verasategui, incluso a los que no conocía, para rezar a la virgen, por lo que muy pronto fue conocida popularmente como “hermana María Cristina”.

En septiembre del año siguiente, no recuerda con precisión si en 1985 o 1986, María Cristina no pudo viajar a San Nicolás. “No fue porque me hubiera olvidado, sino porque me enfermé”, aclara. “De todos modos, en mi casa recé y le prendí una vela a la virgen, y… espere le muestro”, dice con una amplia sonrisa, mientras hurga deprisa en el fondo de una tula plástica, hasta que su mano parece haber encontrado el objeto que buscaba. El brazo regordete va saliendo lentamente, y al final la mano deja ver un objeto transparente. Lo tapa con la otra mano, y la sonrisa se va de su rostro; adopta otra actitud.

“Esto que usted ve aquí, es un milagro”, le tiembla la voz, mientras destapa el extraño objeto y explica. “Ese día que yo no pude venir, le prendí una vela a la virgen y recé. Como estaba enferma al rato me dormí, y ya en la tarde cuando desperté, mire lo que encontré”, dice con emoción extendiendo lo que pareciera ser un envase plástico transparente dentro del cual se observa el cabo final de una vela consumida. Pero su forma es extraña, no es un residuo de vela normal.

“Aquí está la virgen. Ese día ella se me presentó y me dejó su imagen”, dice, señalando los detalles de la vela consumida.

Es una miniatura idéntica a la imagen que se divisa allá a lo lejos en el punto concéntrico, a donde todos quieren llegar. Perfectamente se puede ver la forma de la cabeza desde la cual se desprende un manto, y al lado, de su costado izquierdo sobresale la forma de un niño en brazos. No hay duda, es la misma.

“Yo traigo a mi virgen para que se impregne con el ambiente de acá”, explica María Cristina. “Luego la llevo a mi barrio, y con las vecinas hacemos oración para compartirles las bendiciones recibidas y que están en esta imagen.

Hace ya más de diez años que María Cristina no puede caminar largos trechos. Es una enfermedad de obesidad desmedida, conocida como “elefantiasis”, la que dice tener. Acelera el movimiento de su abanico, y luego con el mismo cuidado con el que la sacó, regresa hasta el fondo de su maletín la pequeña urna transparente en donde reposa su virgen de parafina. La sonrisa ha vuelto a su enorme rostro. “Así tenga que venir arrastrándome, cada año volveré, hasta que la virgen misma me diga que ya no regrese más”.


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