Los ejércitos pasan, la coca queda - UPIU.com
	
	
	
	
	
	
	
	
	
	
	
	
	
    




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Comunicación Social, Universidad del Cauca
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20 feb. 2010 at 11:35pm

Los ejércitos pasan, la coca queda

Enclavado en las montañas del sur de Colombia, está el rancho de José Ruales. Allí, en Policarpa, vive con su mujer y sus tres hijos desde ese 2 de mayo de 1979, cuando llegó al departamento de Nariño huyéndole a la violencia antioqueña.

Sus ojos ya están cansados. Lo notó en los últimos días cuando quiso leer uno de los volantes que el viento trajo hasta el patio de su casa, pero no lo entendió. Sus oídos también ya han empezado a sentir el paso de tantos años.

Aún así, esa mañana alcanzó a percibir desde lejos el sonido de los helicópteros que se aproximaban. Es una escena que ya ha vivido muchas veces. Primero cuando el ejército venía dando palos de ciego, tratando de ubicar a los guerrilleros de las FARC, después de algún ataque allá abajo en la carretera. Por allí pasaban… tal como llegaban se perdían.

Luego fueron los paramilitares, que bajo la protección de las tropas oficiales también ronroneaban por la zona en busca de guerrilleros y de coca. Fue la época más dura, piensa don José, recordando la bonanza coquera que vivió la región desde mediados de los años ochentas. El dinero circulaba a caudales, como a caudales circulada el licor fino, el champagne, el brandy, y también circulaban las armas.

En las esquinas antes silenciosas se establecieron cantinas, que a todo volumen dejaban oír los corridos mejicanos traídos por los narcotraficantes y que hacían alusión a las aventuras policíacas en las que siempre había muertos… “por ellos no se preocupe: irán con Pacho al infierno”, decía uno de los corridos más populares.

Muy pronto, también a caudales empezaron a circular los cadáveres, y fue cuando el pueblo se fue quedando solo. Muchos huyeron, pero la mayoría cayó en el vórtice de licor y sangre que se vivió en esos años.

La bonanza coquera pasó tan rápido como vino, y sólo dejó un sembrado de cruces en el cementerio. Fue cuando empezaron a llegar los paramilitares a ofrecerles a los campesinos comprar la hoja de coca, pero de paso a masacrar a quienes consideraban auxiliadores de los guerrilleros.

A él le tocó. Recuerda aún con miedo la noche en que de regreso al rancho vio cómo a escasos cien metros mataban a tiros al profesor de la escuela, por considerar que estaba educando a los hijos de comunistas. Eso fue lo que dijeron.

En esa ocasión se salvó porque se lanzó por la pendiente al lado del camino, y por más que le dispararon no le dieron.

Pero él también aprendió el negocio del cultivo de coca, y desde el día en que sembró las primeras matas que le trajeron hasta su casa, siempre ha tenido su plantación. Ha sido un buen cultivo, reconoce: los enviados de los narcos pagaban a buen precio el kilo de hoja, e incluso pasaban de finca en finca recogiendo la cosecha. Más adelante los guerrilleros empezaron a cobrarles un porcentaje de la cantidad producida, y aún así seguía siendo un buen negocio. Ni pensar que la venta de yuca o plátano le hubiera dado para comprar el televisor que se erige como en un altar encima del armario.

La última vez que había escuchado el ruido de los helicópteros fue hace tres años, al inicio del gobierno, cuando la policía emprendió una arremetida para erradicar los cultivos ilícitos.

A los pocos días vio por la televisión a un ministro que anunciaba orgulloso que ya sobre el territorio colombiano no quedaba sembrada una sola mata de coca. Ese día se asustó. Cómo era posible que los policías hubieran llegado tan silenciosos a su parcela y sin que se enterara le hubieran arrancado su cultivo?

Después de escuchar completa la noticia, se asomó despacio por las rendijas de la ventana, pero no vio nada anormal. El mismo resplandor verde-esmeralda del plantío entró como un rayo por sus ojos cansados. Volvió la mirada hacia el televisor, sonrió con desgano y escupió.

En los últimos días se le ha visto contento a don José. Y es que a Policarpa llegó el rumor de que el gobierno había autorizado la siembra de coca, siempre y cuando no se le vendiera a guerrilleros y narcotraficantes, sino al mismo gobierno.

Aunque buena, la noticia no dejó de extrañarle. Y es que justo cuando los paramilitares –esas mismas bandas de matones que pasaban comprando la coca- se están desmovilizando, es el gobierno el que ofrece comprarles la cosecha de hoja. ”¡Cómo cambian los tiempos!”, piensa.

Por eso al escuchar el ronroneo de los helicópteros que se aproximan, don José sabe que no tendrá que salir a escabullirse con su familia pendiente abajo como en todos estos años. Es posible que allí vengan los policías, y a los clientes hay que atenderlos bien.

Su cuerpo ya está cansado de viejo, y quizá es por eso que no entiende de política, pero trata de entender la frase pintada en un costado de la iglesia que dice: “Los ejércitos pasan, pero la coca queda”.

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