2 abr. 2010 at 12:29am
30 de marzo de 2010: Un momento histórico para Colombia y Pablo Emilio Moncayo
Después de 4.482 días de cautiverio, el Sargento Pablo Emilio Moncayo daba sus primeras declaraciones al mundo entero. Muchos de los presentes se sorprendieron por la serenidad con la que se dirigía a los periodistas, y por la fortaleza de sus palabras.
Por: Alejandro Córdoba.
Era martes 30 de marzo de 2010. Popayán estrenaba este año su rótulo como Patrimonio Cultural e Inmaterial de la Humanidad, otorgado por la Unesco en el 2009. La gente, como es costumbre por estas fechas, andaba de un lado para otro, buscando la imaginación de los artesanos plasmada en collares, aretes, camisas u otros objetos que lograran adornar su cuerpo de la mejor manera posible, por medio de algún contraste de colores o con una figura extraña que impresionara a las personas.
Aquel 30 de marzo, mientras en Popayán el tema central era la Semana Santa, en el resto de Colombia solo se hablaba de la liberación de Pablo Emilio Moncayo, un soldado que había sido secuestrado por las FARC el 21 de diciembre 1998, en una toma guerrillera en el Cerro de Patascoy, Nariño, donde murieron 17 de los 33 soldados que se encontraban en la base militar y de los cuales solo fueron secuestrados dos: él y José Libio Martínez.
La mayoría de los colombianos estábamos a la expectativa de verlo fuera de cautiverio, tras haber presenciado dos días antes la liberación del soldado Josué Daniel Calvo, quien completó 11 meses en medio de la selva.
Ese día en Colombia y en gran parte del mundo contrastaban los sentimientos: Por un lado, con la alegría de tener al Soldado Calvo en libertad, se opacaba con dolor de Doña Emperatriz, madre del Mayor Julián Ernesto Guevara quien había sido secuestrado el primero de noviembre de 1998 y quien murió en cautiverio en enero de 2006 sin poder ver por última vez a su madre y sin poder disfrutar de la libertad.
Doña Emperatriz, en conmovedoras declaraciones a los medios de comunicación, pedía a las FARC que le entregaran los restos de su hijo para darles una digna sepultura. Este dolor que todos sufríamos al lado de Doña Emperatriz, era mezclado con una profunda tensión que a muchos nos tenía comiéndonos las uñas: la liberación de Pablo Emilio.
El operativo para realizar el rescate del Moncayo, que debió empezar a las 9 AM, se coordinaba desde el aereopuerto Gustavo Artunduaga Paredes en Florencia (Caquetá). Desde ahí se daría autorización a los pilotos brasileros del helicóptero Coagur, para que partieran a alguna parte de la selva de Colombia. Todo estaba listo, coordenadas en mano, cese de actividades militares para facilitar el rescate, y pilotos dispuestos a despegar en cualquier momento.
La mañana del 30 de marzo ningún medio podía dejar de hablar de aquel momento que sería recordado por muchos como histórico. Yo, como buen periodista no estaba dispuesto a perderme un solo comentario de lo que sucediera alrededor del operativo de Moncayo, solo que justo ese día se me presentó un inconveniente, y por alguna razón me quedé sin servicio de cable y de internet. Solo contaba con un pequeño radio que no pasaba de los 10 centímetros de largo por 5 de ancho, de color plateado y de cuyo interior salía la voz que se encargaría de guiarme durante todo el día. Mi “Vs sonivox” con referencia R111 , con un valor 10 mil pesos, sería mi mejor aliado para no perderme un solo detalle de lo que sucedería en ese momento.
El día había sobrepasado las 9 de la mañana, pero los helicópteros Coagur, aún estaban en tierra; el motivo: una fuerte lluvia sobre Florencia retrasaba la operación de rescate y se decía que era un riesgo liberar a Pablo Emilio en esas condiciones, pues se creía que las aereonaves podían tener problemas en el operativo.
Entonces comenzó a correr un rumor que a muchos nos hizo dudar sobre la posibilidad de que Pablo Emilio Moncayo recuperara en realidad su libertad, pues ya en dos ocasiones se había ilusionado al pueblo colombiano. La primera fue el 16 abril del año pasado, en donde las FARC manifestaban su disposición de liberarlo, pero después de unos días aquella idea se desvaneció. La segunda fue en diciembre de 2009, cuando muchos aseguraban que alcanzaría a celebrar el año nuevo con su familia, pero no fue posible, pues las FARC secuestraron y posteriormente asesinaron al gobernador del Caquetá Luis Fernando Cuellar, lo que impidió que pablo Emilio saliera de la Selva.
Pero el sueño del rescate revivía ante las declaraciones del Alto Comisionado para la Paz, Frank Pearl, que pedía a la senadora Piedad Córdoba que “debido a las condiciones climáticas, el rescate fuera aplazado para el próximo día”. Sin embargo la senadora advirtió que esperaría hasta medio día para que las fuertes lluvias desaparecieran. Mientras tanto los pilotos brasileños decían que sus helicópteros estaban preparados para responder ante cualquier tipo de situación al igual que ellos, que estaban entrenados para hacer rescates bajo cualquier circunstancia.
Solo hasta las 11:15 de la mañana, cuando el clima mejoró, la comitiva que iría al encuentro del Sargento Moncayo, encabezada por la senadora Piedad Córdoba, partió. Muchos quedamos suspendidos en el aire, como en el limbo, esperando buenas noticias sobre el operativo.
Calculé que el rescate duraría alrededor de tres horas, por lo que decidí salir después del medio día a recorrer las blancas paredes de la ciudad de Popayán, que ya mostraba gran cantidad de turistas recorriendo las principales iglesias y museos. Salí con mi pequeño radio a la expectativa de los que pudiera suceder con las operaciones de rescate.
La tarde transcurrió, pero aún no se conocía nada de la liberación de Pablo Emilio Moncayo. Alrededor de las 4 pm, comenzó una polémica que quiso ensuciar el rescate del Sargento. Telesur, el canal venezolano, había obtenido las primeras imágenes, en donde las FARC entregaban al hijo del profesor Gustavo Moncayo -“el caminante por la paz”-. Entonces el presidente de Colombia Álvaro Uribe Vélez, varios dirigentes políticos y algunos medios de comunicación manifestaron su inconformidad con lo sucedido.
Entre las críticas que muchos hacían a Telesur por ser el primer medio en mostrar las imágenes del rescate de Moncayo, se fue una parte de la tarde. Mientras tanto yo recorría las simétricas calles de Popayán que cada vez más se atestaban de personas. Pronto llegué al Teatro Municipal Guillermo Valencia, en donde había un concierto de música clásica a cargo del checo Vaclv Pocl. Atraído por este tipo de melodía entré sin pensarlo, mientras seguía atento la operación de rescate con mi radio.
El teatro estaba totalmente lleno, la gente buscaba en los primeros pisos un lugar, pero era imposible encontrar alguno vacío, así que subí hasta el cuarto piso en donde quedaban unos pocos lugares. Desde ahí, se podía ver la masa de asistentes a la espera del inicio de la función que debía empezar a las 5:30. Mientras esto ocurría seguía pendiente de las noticias y pronto escuché que el helicóptero brasilero ya estaba muy cerca del Florencia y que “en pocos minutos el profesor Moncayo podría ver a su hijo después de 12 años”. Cuando escuché estas declaraciones sentí una alegra inmensa. Un escalofrío recorrió mi cuerpo. Esperaba ansiosamente a que Pablo Emilio llegara rápido al aerepuerto, sentía que también era un familiar mío al que por culpa del secuestro no había podido conocer.
Pasaron 15 minutos, desde mi entrada al teatro, 15 minutos de retraso del pianista y 15 minutos desde el aviso de la proximidad de Moncayo a Florencia. De un momento a otro la voz emocionada del corresponsal de radio, en el areopuerto Gustavo Artunduaga , avisaba la llegada del Coagur brasilero.
Su voz disfónica no dejaba de repetir que solo era cuestión de segundos para que el “caminante por la paz”, el profesor Mocayo, se encontrara con su hijo. La piel se me erizó completamente, sentí ganas de llorar, me imaginaba cada momento que describía. Las vueltas del Helicóptero sobre el aereopuerto, al profesor Moncayo saltando de alegría, a su esposa llena en lágrimas por ver a su hijo y la felicidad de Valentina una niña de apenas 5 años que conocería por primera vez a su hermano.
Fueron momentos de emoción, quise gritar la buena noticia a la gente adormecida del teatro, pero cada vez que lo intentaba el impulso solo me llegaba hasta los dientes. Quise gritar más cuando mencionaban que la compuerta se abría para darle paso a la libertad del Sargento Pablo Emilio y que su padre caminaba rápidamente a su encuentro. En ese momento sentí que yo era el secuestrado de 12 años y a la vez que yo era el padre que había caminado pacientemente desde Sandoná hasta Bogotá en busca de su liberación. Las lágrimas se asomaron en mis ojos y mi cuerpo sintió la debilidad de mi alma ante el conmovedor hecho.
En ese momento, las luces se apagaron y un fuerte aplauso hizo presencia, creí que sería el aplauso para Pablo Emilio, pero era para el representante de República Checa Vaclv, quien con manos mágicas comenzó a sacar unas tonadas hermosas que ponían aún más nostálgico el ambiente.
Las 5:45 de la tarde, hora en que iniciaba el concierto y la libertad de los dos hombres Moncayo, pues el profesor Gustavo, se había puesto desde hacia 5 años cadenas en sus manos como símbolo del cautiverio por el que atravesaba su hijo, y en aquel entonces advirtió que solo se las quitaría cuando regresara a la libertad.
Cerraba mis ojos en el teatro para escuchar la transmisión de radio y relajarme con la música clásica, una combinación extraña pero que en ese momento fue hermosa. De vez en cuando miraba con atención el movimiento ligero de los dedos del pianista, esa magia de sus manos sobre las teclas que formaban una agradable sonido. También oía las diferentes declaraciones de los miembros encargados de llevar a cabo la misión humanitaria del rescate, pero sin lugar a dudas, lo que más esperaba era escuchar las declaraciones de Pablo Emilio.
Desperté del estado noctámbulo en el que me encontraba, cuando una persona un poco molesta se acercó y me dijo que le bajara al volumen de mi radio. La miré un poco molesto, pero pronto me calmé, pues lo más seguro era que aquel sujeto no sabía nada de lo que sucedía. Le hice caso, pues ya había escuchado lo que quería y ahora solo deseaba concentrarme en las hermosas piezas que sonaban.
Después de 20 minutos de haber apagado mi radio, me di cuenta que había cometido una gran error, así que salí de inmediato a la terraza del teatro para ponerme al tanto de lo que sucedía en Florencia.
En ese lugar todo fue más tranquilo, ya casi oscurecía y el viento helado ya se paseaba suavemente. Sintonicé mi aparato y pude escuchar que los periodistas esperaban las declaraciones de Pablo Emilio.
Después de 4.482 días de cautivo el Sargento Pablo Emilio Moncayo daba sus primeras declaraciones al mundo entero. Muchos de los presentes se sorprendieron de la serenidad con la que se dirigía a los periodistas, y por la fortaleza de sus palabras. En medio de la alegría que le traía recuperar su libertad manifestó sentirse “orgulloso de portar el uniforme del ejército a lo largo de este tiempo”, así como advirtió que el Coronel Duarte y soldado primero Martínez solicitaban que una ONG ayudaran a gestionar su libertad, pues ellos sentían que su vida corría peligro.
Por último pasó lo que muchos esperaban: las cadenas que se aprisionaban sobre los brazos del profesor Gustavo, fueron quitadas por su hijo, como “el caminante por la paz” lo había deseado en su largas caminatas por el país. Ese fue el grito de liberad con el que finalizaba la pesadilla de los Moncayo, que tratarían de recuperar el tiempo perdido.
Así finalizaba una historia más del secuestro en Colombia. Así finalizaba mi día, solo, en lo más alto del Teatro Guillermo Valencia, con una oscuridad azulada que encendía las luces de la ciudad y en medio de una extraña alegría. Así finalizaba aquel 30 de marzo de 2010: con un momento histórico para Colombia y para Pablo Emilio.
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Por: Alejandro Córdoba.
Era martes 30 de marzo de 2010. Popayán estrenaba este año su rótulo como Patrimonio Cultural e Inmaterial de la Humanidad, otorgado por la Unesco en el 2009. La gente, como es costumbre por estas fechas, andaba de un lado para otro, buscando la imaginación de los artesanos plasmada en collares, aretes, camisas u otros objetos que lograran adornar su cuerpo de la mejor manera posible, por medio de algún contraste de colores o con una figura extraña que impresionara a las personas.
Aquel 30 de marzo, mientras en Popayán el tema central era la Semana Santa, en el resto de Colombia solo se hablaba de la liberación de Pablo Emilio Moncayo, un soldado que había sido secuestrado por las FARC el 21 de diciembre 1998, en una toma guerrillera en el Cerro de Patascoy, Nariño, donde murieron 17 de los 33 soldados que se encontraban en la base militar y de los cuales solo fueron secuestrados dos: él y José Libio Martínez.
La mayoría de los colombianos estábamos a la expectativa de verlo fuera de cautiverio, tras haber presenciado dos días antes la liberación del soldado Josué Daniel Calvo, quien completó 11 meses en medio de la selva.
Ese día en Colombia y en gran parte del mundo contrastaban los sentimientos: Por un lado, con la alegría de tener al Soldado Calvo en libertad, se opacaba con dolor de Doña Emperatriz, madre del Mayor Julián Ernesto Guevara quien había sido secuestrado el primero de noviembre de 1998 y quien murió en cautiverio en enero de 2006 sin poder ver por última vez a su madre y sin poder disfrutar de la libertad.
Doña Emperatriz, en conmovedoras declaraciones a los medios de comunicación, pedía a las FARC que le entregaran los restos de su hijo para darles una digna sepultura. Este dolor que todos sufríamos al lado de Doña Emperatriz, era mezclado con una profunda tensión que a muchos nos tenía comiéndonos las uñas: la liberación de Pablo Emilio.
El operativo para realizar el rescate del Moncayo, que debió empezar a las 9 AM, se coordinaba desde el aereopuerto Gustavo Artunduaga Paredes en Florencia (Caquetá). Desde ahí se daría autorización a los pilotos brasileros del helicóptero Coagur, para que partieran a alguna parte de la selva de Colombia. Todo estaba listo, coordenadas en mano, cese de actividades militares para facilitar el rescate, y pilotos dispuestos a despegar en cualquier momento.
La mañana del 30 de marzo ningún medio podía dejar de hablar de aquel momento que sería recordado por muchos como histórico. Yo, como buen periodista no estaba dispuesto a perderme un solo comentario de lo que sucediera alrededor del operativo de Moncayo, solo que justo ese día se me presentó un inconveniente, y por alguna razón me quedé sin servicio de cable y de internet. Solo contaba con un pequeño radio que no pasaba de los 10 centímetros de largo por 5 de ancho, de color plateado y de cuyo interior salía la voz que se encargaría de guiarme durante todo el día. Mi “Vs sonivox” con referencia R111 , con un valor 10 mil pesos, sería mi mejor aliado para no perderme un solo detalle de lo que sucedería en ese momento.
El día había sobrepasado las 9 de la mañana, pero los helicópteros Coagur, aún estaban en tierra; el motivo: una fuerte lluvia sobre Florencia retrasaba la operación de rescate y se decía que era un riesgo liberar a Pablo Emilio en esas condiciones, pues se creía que las aereonaves podían tener problemas en el operativo.
Entonces comenzó a correr un rumor que a muchos nos hizo dudar sobre la posibilidad de que Pablo Emilio Moncayo recuperara en realidad su libertad, pues ya en dos ocasiones se había ilusionado al pueblo colombiano. La primera fue el 16 abril del año pasado, en donde las FARC manifestaban su disposición de liberarlo, pero después de unos días aquella idea se desvaneció. La segunda fue en diciembre de 2009, cuando muchos aseguraban que alcanzaría a celebrar el año nuevo con su familia, pero no fue posible, pues las FARC secuestraron y posteriormente asesinaron al gobernador del Caquetá Luis Fernando Cuellar, lo que impidió que pablo Emilio saliera de la Selva.
Pero el sueño del rescate revivía ante las declaraciones del Alto Comisionado para la Paz, Frank Pearl, que pedía a la senadora Piedad Córdoba que “debido a las condiciones climáticas, el rescate fuera aplazado para el próximo día”. Sin embargo la senadora advirtió que esperaría hasta medio día para que las fuertes lluvias desaparecieran. Mientras tanto los pilotos brasileños decían que sus helicópteros estaban preparados para responder ante cualquier tipo de situación al igual que ellos, que estaban entrenados para hacer rescates bajo cualquier circunstancia.
Solo hasta las 11:15 de la mañana, cuando el clima mejoró, la comitiva que iría al encuentro del Sargento Moncayo, encabezada por la senadora Piedad Córdoba, partió. Muchos quedamos suspendidos en el aire, como en el limbo, esperando buenas noticias sobre el operativo.
Calculé que el rescate duraría alrededor de tres horas, por lo que decidí salir después del medio día a recorrer las blancas paredes de la ciudad de Popayán, que ya mostraba gran cantidad de turistas recorriendo las principales iglesias y museos. Salí con mi pequeño radio a la expectativa de los que pudiera suceder con las operaciones de rescate.
La tarde transcurrió, pero aún no se conocía nada de la liberación de Pablo Emilio Moncayo. Alrededor de las 4 pm, comenzó una polémica que quiso ensuciar el rescate del Sargento. Telesur, el canal venezolano, había obtenido las primeras imágenes, en donde las FARC entregaban al hijo del profesor Gustavo Moncayo -“el caminante por la paz”-. Entonces el presidente de Colombia Álvaro Uribe Vélez, varios dirigentes políticos y algunos medios de comunicación manifestaron su inconformidad con lo sucedido.
Entre las críticas que muchos hacían a Telesur por ser el primer medio en mostrar las imágenes del rescate de Moncayo, se fue una parte de la tarde. Mientras tanto yo recorría las simétricas calles de Popayán que cada vez más se atestaban de personas. Pronto llegué al Teatro Municipal Guillermo Valencia, en donde había un concierto de música clásica a cargo del checo Vaclv Pocl. Atraído por este tipo de melodía entré sin pensarlo, mientras seguía atento la operación de rescate con mi radio.
El teatro estaba totalmente lleno, la gente buscaba en los primeros pisos un lugar, pero era imposible encontrar alguno vacío, así que subí hasta el cuarto piso en donde quedaban unos pocos lugares. Desde ahí, se podía ver la masa de asistentes a la espera del inicio de la función que debía empezar a las 5:30. Mientras esto ocurría seguía pendiente de las noticias y pronto escuché que el helicóptero brasilero ya estaba muy cerca del Florencia y que “en pocos minutos el profesor Moncayo podría ver a su hijo después de 12 años”. Cuando escuché estas declaraciones sentí una alegra inmensa. Un escalofrío recorrió mi cuerpo. Esperaba ansiosamente a que Pablo Emilio llegara rápido al aerepuerto, sentía que también era un familiar mío al que por culpa del secuestro no había podido conocer.
Pasaron 15 minutos, desde mi entrada al teatro, 15 minutos de retraso del pianista y 15 minutos desde el aviso de la proximidad de Moncayo a Florencia. De un momento a otro la voz emocionada del corresponsal de radio, en el areopuerto Gustavo Artunduaga , avisaba la llegada del Coagur brasilero.
Su voz disfónica no dejaba de repetir que solo era cuestión de segundos para que el “caminante por la paz”, el profesor Mocayo, se encontrara con su hijo. La piel se me erizó completamente, sentí ganas de llorar, me imaginaba cada momento que describía. Las vueltas del Helicóptero sobre el aereopuerto, al profesor Moncayo saltando de alegría, a su esposa llena en lágrimas por ver a su hijo y la felicidad de Valentina una niña de apenas 5 años que conocería por primera vez a su hermano.
Fueron momentos de emoción, quise gritar la buena noticia a la gente adormecida del teatro, pero cada vez que lo intentaba el impulso solo me llegaba hasta los dientes. Quise gritar más cuando mencionaban que la compuerta se abría para darle paso a la libertad del Sargento Pablo Emilio y que su padre caminaba rápidamente a su encuentro. En ese momento sentí que yo era el secuestrado de 12 años y a la vez que yo era el padre que había caminado pacientemente desde Sandoná hasta Bogotá en busca de su liberación. Las lágrimas se asomaron en mis ojos y mi cuerpo sintió la debilidad de mi alma ante el conmovedor hecho.
En ese momento, las luces se apagaron y un fuerte aplauso hizo presencia, creí que sería el aplauso para Pablo Emilio, pero era para el representante de República Checa Vaclv, quien con manos mágicas comenzó a sacar unas tonadas hermosas que ponían aún más nostálgico el ambiente.
Las 5:45 de la tarde, hora en que iniciaba el concierto y la libertad de los dos hombres Moncayo, pues el profesor Gustavo, se había puesto desde hacia 5 años cadenas en sus manos como símbolo del cautiverio por el que atravesaba su hijo, y en aquel entonces advirtió que solo se las quitaría cuando regresara a la libertad.
Cerraba mis ojos en el teatro para escuchar la transmisión de radio y relajarme con la música clásica, una combinación extraña pero que en ese momento fue hermosa. De vez en cuando miraba con atención el movimiento ligero de los dedos del pianista, esa magia de sus manos sobre las teclas que formaban una agradable sonido. También oía las diferentes declaraciones de los miembros encargados de llevar a cabo la misión humanitaria del rescate, pero sin lugar a dudas, lo que más esperaba era escuchar las declaraciones de Pablo Emilio.
Desperté del estado noctámbulo en el que me encontraba, cuando una persona un poco molesta se acercó y me dijo que le bajara al volumen de mi radio. La miré un poco molesto, pero pronto me calmé, pues lo más seguro era que aquel sujeto no sabía nada de lo que sucedía. Le hice caso, pues ya había escuchado lo que quería y ahora solo deseaba concentrarme en las hermosas piezas que sonaban.
Después de 20 minutos de haber apagado mi radio, me di cuenta que había cometido una gran error, así que salí de inmediato a la terraza del teatro para ponerme al tanto de lo que sucedía en Florencia.
En ese lugar todo fue más tranquilo, ya casi oscurecía y el viento helado ya se paseaba suavemente. Sintonicé mi aparato y pude escuchar que los periodistas esperaban las declaraciones de Pablo Emilio.
Después de 4.482 días de cautivo el Sargento Pablo Emilio Moncayo daba sus primeras declaraciones al mundo entero. Muchos de los presentes se sorprendieron de la serenidad con la que se dirigía a los periodistas, y por la fortaleza de sus palabras. En medio de la alegría que le traía recuperar su libertad manifestó sentirse “orgulloso de portar el uniforme del ejército a lo largo de este tiempo”, así como advirtió que el Coronel Duarte y soldado primero Martínez solicitaban que una ONG ayudaran a gestionar su libertad, pues ellos sentían que su vida corría peligro.
Por último pasó lo que muchos esperaban: las cadenas que se aprisionaban sobre los brazos del profesor Gustavo, fueron quitadas por su hijo, como “el caminante por la paz” lo había deseado en su largas caminatas por el país. Ese fue el grito de liberad con el que finalizaba la pesadilla de los Moncayo, que tratarían de recuperar el tiempo perdido.
Así finalizaba una historia más del secuestro en Colombia. Así finalizaba mi día, solo, en lo más alto del Teatro Guillermo Valencia, con una oscuridad azulada que encendía las luces de la ciudad y en medio de una extraña alegría. Así finalizaba aquel 30 de marzo de 2010: con un momento histórico para Colombia y para Pablo Emilio.
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