Dos días en un colegio de Usme, Bogotá - UPIU.com
	
	
	
	
	
	
	
	
	
	
	
	
	
    




Sobre el autor

CEPER, Universidad de los Andes
Ver su perfil

Flag Post
11 jun. 2010 at 12:25pm

Dos días en un colegio de Usme, Bogotá

Reportaje al sur de Bogotá sobre el proceso de cambio del colegio Juan Luis Londoño.

Por: Alexander Buitrago Bolívar
a.buitrago217@uniandes.edu.co


Hace siete años, cuando la Secretaría de Educación cedía en concesión el nuevo colegio a la Fundación La Salle, a la doctora Janeth Ortega Garavito, sicóloga, le tocó convocar a los estudiantes por parlante. Eran estudiantes de 24 años que se escupían entre ellos, que les pegaban a los profesores y que se robaban hasta las tasas de los sanitarios. Las niñas se prostituían por $4.000. Al principio, desconocía el barrio y la gente. Desde las primeras rectorías, los estudiantes dejaron las armas. El equipo de trabajo organizado por el Hno. Nestor Polanía (Religioso Educador de los Hermanos de la Salle) llegó a acuerdos con las pandillas, en especial con dos de sus principales líderes (“el bogotano” y “el diablo”), para que no inmiscuyeran a los estudiantes en sus negocios. Los robos disminuyeron en el colegio igual que el expendio de droga. Las estudiantes con hijos podían amamantarlos al descanso. El trabajo fue restituir la dignidad de la gente. El deporte, la danza y la música ayudaron mucho.

La Dr. Janeth se sienta frente a mí, en la silla de su escritorio. En la pequeña oficina de orientación hay otro escritorio aparte de éste, un computador, una mesa circular, un escaparate y un tablero acrílico. Ella lleva mucho tratando de evitar una pelea o faihthing entre algunas estudiantes. Cada vez que habla, inspecciona con la mirada a su interlocutor y sonríe. Pone sobre uno de los arrumes de carpetas la hoja de acuerdos recién firmada por las estudiantes que iban a pelear. Me presenta a Luisito (estudiante suspendido de clases) quien juega frente al computador y a la Dr. Sandra Mora, sicopedagoga. Me fijo en el cabello de la Dr. Sandra. Es largo. Está sujetado por un cordel azul. Tiene un anillo grande en su mano izquierda del mismo color de sus aretes.

-“Estamos desde ayer mediando, hoy ya se pudo hablar; chévere que hayan podido hablar todas. Tenían un conflicto desde hace tres años”, dice la Dr. Janeth. Abre los ojos y frunce el ceño. Sus manos buscan algo entre los documentos de su escritorio.

Muestro los dientes como lo hace en la fotografía el Dr. Juan Luis Londoño a la entrada de la espaciosa biblioteca.

Recuerdo la conversación que oí mientras entraba a esta misma oficina de orientación en la que me encuentro ahora. La sicóloga conciliaba con las estudiantes que se iban al faihthing y con una madre de familia quien servía de testigo.

-Entre todas, que todas nos comprometamos…

-Bueno, nosotras vamos a comprometernos con ella. No agredirla verbal, física y sicológicamente.
Miro a la Dr. Janeth. Solo funciona una bombilla de neón en la oficina. Ella le pregunta a Luisito por las otras cosas que han pasado los últimos días en los alrededores del colegio.

-“Desde la muerte del hermano de Laura Gutiérrez nada más. Aquí la cosa es grave…sucedió para finales del año pasado. Un amigo le dijo al hermano de Laura Gutiérrez que si lo acompañaba al Éxito. Al bajar “el peladero” (así llaman el trecho descubierto que hay entre el colegio y el portal de Usme), tres muchachos le preguntaron la hora; eran las 7:00 p.m. y estaba oscuro. Traían arma. El que invitó al hermano de Laura salió corriendo y le dispararon en un hombro. Al hermano de Laura le dispararon tres tiros en la espalda. Su cabeza quedó en el primer peldaño de la escalera de allá. Y ahí le dispararon en la cabeza. La gente decía que era “mariguanero” y loco. A él lo mataron porque hay una guerra entre “mariguaneros” y los del Danubio pensaron que era del bando contrario. En la casa no hubo lágrimas, solo el papá lloró en la cárcel. Él está en la cárcel por una demanda de alimentos. Él se enteró quienes lo habían matado y dijo que se iba a vengar. Cuando la mamá pasa por allá donde mataron a su hijo le dan ganas de llorar. Ella no quiere venganzas”, dice Luisito.

La Dr. Janeth no entiende por qué Luisito se porta en la oficina como un angelito pues en el salón es un fosforito. Antes de salir de la oficina observo el cuadro del Santo Hermano Miguel Febres Cordero. Su rostro inexpresivo sobre las paredes heladas de la oficina. En el otro muro mis ojos se posan en la visión institucional: “…procurar a la niñez y a la juventud, una educación humana, cristiana y académica de calidad, con especial atención a los pobres…”. La sicóloga me da la mano. Su cabello suelto, negro, cae por encima de sus hombros. Me despido. Ella se queda con Luisito.

Voy hacia la cafetería. El colegio está rodeado de una malla de alambre. La enfermería, en el primer piso, a la izquierda de la escalera para ir a la oficina de la Dr. Janeth o hacia la biblioteca, es pequeña. Veo que la claridad de la biblioteca se debe a sus múltiples ventanas. Caben unas 100 personas distribuidas entre la sala general y la sala infantil de lectura. Al fondo de la biblioteca hay una capilla con un vitral colorido. Desde el inmenso ventanal de la biblioteca se ve el preescolar y la sección de primaria. Subo hacia el auditorio. Al lado de la escalera está la sala de sistemas, oscura y amplia, y el pequeño taller de carpintería donde un señor de bigote pule una mesa. Los estudiantes juegan en la cancha de microfútbol. También se puede llegar al auditorio por la rampa de concreto que surge en zig-zag desde la cancha de microfútbol. El auditorio queda justamente arriba de la oficina de orientación, en el bloque administrativo. Las otras secciones corresponden a segundaria, primaria y preescolar con amplios espacios donde los estudiantes y los profesores circulan. Todos los salones tienes grandes ventanas. Debido a las elecciones estudiantiles para la personería del colegio, han asignado varios estudiantes de décimo grado para las mesas de votación. Un curso completo de estudiantes se distribuye por las diferentes mesas de votación dispuestas dentro del auditorio.

Estudiantes de diferentes cursos forman un tumulto en la cafetería. Un niño pequeño se le acerca al rector para darle un beso en la mejilla, el rector lo elude, le toca la cabeza con la mano y se ríe. El Hno. Armando Solano Suárez -actual rector- me está esperando.
-“Buenos días…vamos a dar una vuelta por el colegio”, dice el rector.

Me lleva a la sección de primaria. “El imaginario de la gente es que acá son raponeros y gamines. Acá hay gente con deseos que buscan razones para vivir. Yo, como rector, sentía esa incapacidad de ofrecer soluciones ante la gente maltratada física y sicológicamente, ante jóvenes agresivos y agredidos sexualmente. Ante este panorama desalentador y triste, el compromiso, junto con los maestros, ha sido tocar los corazones de las personas”, asegura.

Me trae de vuelta. Pide que lo acompañe a rectoría ubicada al lado de la oficina de la sicóloga. “En la actualidad, hasta los mismos rostros son más agradables como puede ver”, afirma. Puedo ver su cabello ralo y esa leve inclinación de la cabeza hacia adelante que promete una futura joroba en su espalda. Me invita a seguir. Puedo observar el escritorio del Hno. Armando. “Cuando el Hno. Nestor fue rector los estudiantes guardaban las armas en acá. Claro que él llamaba a la policía para que se las llevara. La manera como él se acercó a las pandillas fue sencillamente llamarlos a esta oficina a tomarles el pelo y pedirles que le enseñaran a manejar las armas. Esto prueba cómo era antes”, concluye.

El Hno. Armando se despide. Debe atender al ingeniero que está instalando internet para la parte administrativa del colegio. Me dice que me entienda con el Hno. Fernando Silva, que el colegio está a mi entera disposición y me desea suerte. Sí que la voy a necesitar, pienso, ya que no se cómo voy a hacer el reportaje. Llega el Hno. Fernando. “Tengo clase en grado décimo, si le interesa”, dice. Sus cejas pobladas resaltan su rostro joven. El Hno. Fernando Silva da clase de música en el salón de décimo grado.

Al cruzar por cafetería sonríe a las tres señoras que trabajan allí. Me pregunta si ya comí algo. El Hno. Fernando tiene mi estatura: 1.68 cm. “Sí, desde luego, no se preocupe”, le respondo. Me pregunto cómo se portarán los estudiantes en sus clases.

En el grado décimo, el Hno. Fernando Silva me presenta, les digo mi nombre y me siento en una de las sillas de atrás. Algunos estudiantes hacen sonidos imitando la escala musical. Desde la ventana del salón de ladrillo es visible el bloque de salones de grado once. El tema de la clase de hoy es ese. Escribe las notas musicales en el tablero señalando al frente su correspondiente letra alfabética. Dibuja el pentagrama. Pide a los estudiantes que numeren las líneas y los espacios de abajo hacia arriba. Una estudiante no entiende el término “diatón” y tiene que mirarle el cuaderno al compañero de atrás.

-“¿Quién es el encargado del aseo? para que recoja el pocillo y el papel allá atrás…esto no es de hoy”, dice el Hno. Fernando.

Su mirada analiza los rostros de los estudiantes para mantener la expectativa de su clase. Si hacen bulla los estudiantes, él calla; si todos hablan a la vez, exige silencio y que levanten la mano para participar. Pasea por el salón para conservar la disciplina obligando a los estudiantes a estar atentos al momento presente. En el piso, al lado de la silla donde estoy sentado, hay efectivamente papeles y un pocillo botado.

- Eso es de hace tres días... (el comentario del estudiante produce risas entre sus compañeros más cercanos.)

Simultáneamente, alguien lanza un pequeño borrador de natas que golpea un escritorio y cae al suelo, cerca de Paola Angarita. Lo recoge. Es de tez blanca y tranquila. Acomoda su cuerpo en la silla. Se arregla la falda del uniforme. En estatura no creo que llegue a la altura de mis hombros. Ella recuerda cómo era el colegio tiempo atrás.

Eran muy cochinos. Había papeles por todos lados. Los baños eran muy sucios. Cogían las toallas higiénicas para pegarlas a los vidrios. Demasiado vandalismo: rompían chapas, se llevaban las perillas, las llaves, los tornillos; era cada uno por su lado. Dejaban hundido el botón de la cisterna, el agua rebozaba y se inundaban los baños. Cuando llegaba el refrigerio todos se botaban encima. Se comían los panes enteros y sin masticar. Mandaban niños sin bañar y los padres venían en pijama. La sicóloga –la Dr. Janeth- tenía que llamar a los papás para enseñarles a bañar a sus hijos.

Ese año 2003 para las matrículas, los profesores tuvieron que llamar estudiantes por megáfono y cargar los pupitres desde la portería hasta los salones de clase. Además, los padres de familia apedrearon a los profesores para obligarlos a recibir a quienes se habían quedado sin cupo. El ambiente era hostil y agresivo. Eran muy bruscos. Antes se llamaba a la policía para que se llevaran los muchachos que se iban a golpear. El primer año fue apuñalado un profesor fuera del colegio por una banda contratada por algún estudiante del colegio. Entre los ladrillos, dentro del cemento, metían armas. Hubo requisas hechas por la policía pero se las pasaban de mano en mano hasta llegar a preescolar. Una habilidad impresionante. Una vez la policía encontró un arma hecha con partes de otras armas Sí, esos años 2003 y 2004 fueron violentos.

Paola Angarita dibuja la clave de fa en su cuaderno mientras un estudiante recoge el pocillo del suelo. “Las claves son cinco, sirven para fijar el nombre de los sonidos”, termina de hablar el Hno. Fernando. De inmediato pasa por los puestos mostrando a los estudiantes una cartilla en cuya carátula hay un acordeón dibujado.

Hacia las 12:00 a.m., después de la presencia de Dios, minuto destinado para hacer oración, me despedido de los estudiantes.

El Hno. Fernando y yo vamos hacia la cafetería. Las primeras administraciones del colegio se ganaron el cariño y el respeto de los muchachos. El equipo conformado por coordinadores, docentes y sicólogas abrazaba a los estudiantes a pesar de su mal olor y de sus piojos y recibían la comida traída por los estudiantes. Pero éste proceso de socialización ha terminado. Ahora el énfasis es académico: cualificar al maestro humana y cristianamente mediante la escuela de formación permanente, intensificar las clases de matemáticas, inglés, danza, teatro; y abrir la escuela de música los sábados de siete a una de la tarde.

El departamento de orientación, apoyado por el departamento de pastoral, lidera el proyecto personal de vida. Es una propuesta que funciona desde sexto hasta undécimo grado. Básicamente es plasmar los sueños por escrito, vivir a partir de metas. Aparte del semillero de danzas, en primaria se intensifica a cinco horas el Español y se dedica una hora al canon de lectura establecido como requisito de grado. Ellos deben haber leído El Mío Cid, El Quijote de la Mancha, La Rebelión de las Ratas, Cien Años de Soledad, etc. Además, se busca hacer alianzas con el SENA. Varios jóvenes de la pastoral del Instituto Técnico Central colaboran siendo tutores del Pre-Icfes. Acá la educación es de calidad.

Me despido del Hno. Fernando. Él me invita a participar de la marcha de mañana sábado.

****

Más de 700 personas se citan en el Colegio para marchar por los derechos y los deberes de los niños. Se trata de salir a caminar por los alrededores del colegio porque es parte de la campaña que viene desarrollando el colegio entorno a los derechos y deberes. A las nueve de la mañana el clima es favorable. El Hno. Carlos Villamizar lleva puesto un sombrero vueltiao. Anima al público desde la tarima. Está organizando a la gente que se que va reuniendo. Los niños y niñas que pertenecen al I.M (Movimiento Juvenil Lasallista Indivisa Manent), los jóvenes lasallistas en acción, los niños del círculo de lectores, el grupo de catequesis, la promoción 2010, el grupo de capoeira, etc. Tiene la misma edad que el Hno. Fernando Silva. Tal vez sea un poco más alto que él.: Han puesto de fondo la pista musical Love Generation de Bob Sinclair. El objetivo de la marcha es “salir a las calles a decirles que estamos comprometidos con los derechos humanos”, dice el Hno. Carlos.

Desde la barda del auditorio se observan los alrededores. La carretera que pasa por el frente no existía, hace un mes la pusieron. Ahí está el colegio Paulo Freire. El barrio ha cambiado. Antes se llegaba al colegio con botas pantaneras. Los alrededores del peladero estaban vacíos. Ahora hay conjuntos residenciales, centros comerciales y allá, frente al portal de Usme, el Éxito y almacenes de muebles. Hay obreros trabajando y numerosos tubos de concreto amontonados. Una retroexcavadora remueve tierra a un costado del “peladero” para adecuar el terreno con el fin de construir más edificaciones.

El largo gusano humano de la marcha baja por el peladero. El único zanquero desciende con lentitud. La multitud pasa por detrás del almacén Éxito. Desde las ventanas del Colegio Paulo Freire, varios jóvenes alegres, mueven sus manos saludando a la multitud que va pasando.

“La inseguridad ha aumentado. Hacia Alaska, antes no daba miedo, ahora ya no es tan fácil bajar por ahí. Vivo en el barrio Alaska, la situación está difícil por el matón del barrio, él amenaza a los vecinos. Aquí en Alaska, todos los diciembres hay pelea. Si se sale de noche, no se puede llevar celular y hay tener listo el cuchillo. La semana pasada la Dr. Sandra Mora bajó la loma hacia las cuatro de la tarde. Iba con Ximena Sánchez, profesora de preescolar, y con Diana Cárdenas, profesora de inglés de sexto y séptimo. Se encontró con la profesora de círculo de lectores y las demás la dejaron atrás. Cuando la Dr. Sandra las alcanzó, le contaron que dos muchachos, uno de ellos del colegio, del curso 902 casi las atracan. Los asaltantes se dieron cuenta que Ximena y Diana bajaban con la sicopedagoga y se arrepintieron de robarlas. Muchos ladrones vive acá en el barrio El Porvenir o vienen del barrio Danubio Azul” dice Jefferson Steven Pascuas. Cursa quinto de primaria. Tiene 14 años. Miro sus ojos vivos y tristes. Su cabello castaño peinado con gel opone resistencia al viento que ha enrojecido levemente sus mejillas.

Es hora de volver al auditorio.

“La marcha estuvo muy bonita”, dice Dayron Steven Peña, una vez en el auditorio. Tiene cabello negro, corto. En estatura sobrepasa mi cintura sin alcanzar todavía mis hombros. La batería junto al bajo sirven de fondo musical para los gritos y chiflidos de la multitud. A una sola voz todos cantan “Música Ligera” de Soda Estereo. “Sí se dio el mensaje que se tenía que dar, gritando “La Salle, La Salle” y con carteles donde estaban escritos los derechos de los niños”, dice Paola Guatavita. Su cabello suelto brilla. Usa manillas en la mano derecha y un denario en la mano izquierda. Habla sonriendo. “Acá los pobres siempre reclaman sus derechos pero no aplican sus deberes. El Colegio y a las localidades Rafael Uribe, Tunjuelito, Usme, Ciudad Bolívar han podido unirse y esto es un motivo para trabajar juntos por los derechos humanos”, dice Leidy Gómez. Un mechón de pelo cae sobre su frente. Lleva en sus orejas unos aretes en forma de corazón.

Escribo la primera impresión que tuve ayer.

El colegio parece vacío. Soy recibido amablemente. Entro. Soy un extraño. Poco a poco llega a mis oídos el ruido habitual de la gente que estudia. Prefiero dar un paseo antes de mi cita con la sicóloga. Profesores y estudiantes en la lección diaria. Señoras asean corredores y escaleras. En un salón, los estudiantes, oyen una grabación en inglés, atentos a la explicación posterior del profesor.
Antes de olvidarlo, anoto la frase que me dijo el Licenciado y Magister de la Universidad de la Salle, Hno. Cristhian James Díaz: “La pedagogía como acto de amor es capaz de generar cambios; todo, gracias al maestro que es mediador y portador de sentido”.

Y cierro mi agenda.

Gradualmente, los niños, los jóvenes y los adultos se van. Yo también. Por los altavoces se oye la canción “Californication” de los Red Hot Chilli Pepers.



Enviar por email

Responder con tu propio contenido

MÁS VISITADOS
Stories
Photos
Video