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Maricel Orellana
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13 ago. 2012 at 9:55pm

Delhi

17 horas volando, 17 horas en Frankfurt, otras 8 horas volando para llegar a Delhi pasado la media noche. Ni el calor húmedo, ni el señor de inmigración que miró mi pasaporte y dijo Chili, con signo de interrogación en el rostro, lograron quitar mi sonrisa. Estaba en India.

En el aeropuerto, con un cartel que decía mi nombre, un hombre de unos cincuenta años esperaba por mí; de bigote, barba blanca de un par de días y unas canas teñidas de un rojo mal cuidado. Tuve que hacer un gran esfuerzo para entender su inglés y por seguir el ritmo de su andar. Chabu me invita a comer, pero cortésmente rechazo la invitación, un poco por cansancio y un poco por temor.

Después de unos cuarenta minutos sin mucho tráfico llegamos al centro de la ciudad. En una calle sucia y con poca luz encontré mi hospedaje. No sé qué tipo de hotel esperaba encontrar, quizás uno de 4 estrellas como decía en la página donde realicé la reserva, pero con harto esfuerzo le alcanzaba para un par de categorías. Me ubicaron en el segundo piso sin vista a ningún lado, una cama de dos plazas, velador, un closet, un televisor, una ducha sin tina, ni cortinas y unas toallas blancas que habían perdido su color. Afuera el ruido de un idioma que no entiendo, salvo por unos gatos que no dejan de gritar.

A pesar de los consejos de una amiga, había insistido en recorrer India sola, pero al poner un pie afuera del hotel entendí el porqué de las sugerencias. Mi primer contacto con el exterior fue temeroso, el ruido, los autos corriendo por unas estrechas calles, el atiborrado comercio y el olor a almizcle me aturdió, retrocedí a mi refugio e hice lo que nunca hago: tomar el tour que ofrece el hotel.

Tinku, es un indio cool, su teléfono no para de sonar, lleva un aro en su oreja, pulseras y anillos en sus manos, anda en moto y además del tour me ofrece un masaje de relajación con sus manos a la habitación. Masaje que no tomé. Me vende un programa por Delhi, Agra y Varanasi.

En Delhi me acompaña un apurado Chabu que además de ser mi taxista se convierte voluntariamente en mi fotógrafo.

Decir que Delhi es antigua, ruidosa, que las bocinas no dejan de sonar, que las vacas transitan como autos, que los choferes parecen un peligro al volante, que la película Comer, rezar y amar de Julia Roberts, muestra exactamente como es la ciudad es repetido, pero es así y el turista se maravilla con ese andar urgente de los autos, con ese andar lento de las personas, el calor húmedo, el olor a sándalo y esos largos y coloridos Saris que visten las mujeres.

El recorrido empieza en la tumba de Ghandi, un lugar que debería estar cargado de misticismo y paz, pero la mayoría de la gente sólo busca una fotografía y se va y Chabu lo sabe, porque insiste en tomarme dos, tres y más fotos. Hay que entrar descalzo, como en la mayoría de los templos que visité. Seguimos con el museo del líder de la India, donde Chabu me deja por unas dos horas. Me escribe en una hoja de papel su número de celular por cualquier urgencia.

“Mi vida es mi mensaje” se lee a la entrada del museo y para ver el mensaje de Ghandi se necesita paciencia y tiempo. Cada muro parece retratar cada minuto de la vida de Mahatma, sus logros, su lucha, su delgado cuerpo, su ideología, sus discursos, su familia. No hay turistas extranjeros, sólo indios, los que saludan al líder de la paz con un Namaste.

Lo segundo la tumba de Humayun, uno de los principales emperadores mogol de India, monumento declarado por la Unesco como patrimonio de la humanidad. Pago mi entrada por 250 rupias, unos 5 dólares y cruzo la primera puerta del monumento para encontrarme con la inmensidad de un edificio de dos pisos, pintado blanco y rojo, una estructura similar al Taj Mahal, rodeado de amplios jardines y monumentos que albergan otras tumbas que no logro identificar y un par de mezquitas donde los fieles se sientan a orar.

La comida es lo más difícil de digerir en India, no logro acostumbrarme al intenso picante, pero no puedo visitar un país sin degustar sus sabores y me voy a Pindi, un restaurante bueno y barato que me recomienda Chabu. Pido Malai Chicken con arroz, un pollo bañado en una mezcla de tomates, jengibre, pimienta, ajo, cebolla, ají, crema y otras especias, pasado por la juguera. Sabe delicioso, pero la bebida no me alcanza para quitar el ardor de mi lengua. Al final, me ponen una bandeja de caramelos con semilla de anís las que me devoro sin contemplación.

La tarde se la dedico a Rashtrapati Bhavan el palacio de gobierno, una larga explanada antecede al edificio. El recorrido es fascinante. Antiguas arquitecturas, hoy día, convertidos en ministerios de gobierno rodeados de militares indios, lo que hace el andar más seguro que en el resto de la ciudad.

Al volver Chabu sigue esperando por mí para llevarme al hotel, donde vuelvo a recorrer mentalmente, cada lugar que visité.

Etiquetas: India, Delhi
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